Fe, Esperanza y Caridad
Las mismas que fueron definidas por San Pablo Corintios 13.14. El orden en que han sido mencionadas es el orden de importancia pues la fe pone las bases del espíritu, la esperanza los levanta y la caridad los asienta. (Balderas, 2008). Figura importante de este periodo fue San Agustín, quien tomó muchas de las ideas de Platón para adaptarse al cristianismo. De entre tantas ideas del filósofo griego se tomaron las de las cuatro virtudes cardinales que Platón mencionó en la ´´República´´, pero adaptándolas al pensamiento cristiano.
Las virtudes cardinales son las que todo buen ciudadano debe tener, siendo estas:
- Prudencia: Es un término que se emplea como sinónimo de sensatez, mesura, templanza, cautela o moderación. Se trata de la virtud que lleva a alguien a desenvolverse de modo justo y adecuado.
- Justicia: La justicia es un conjunto de valores esenciales sobre los cuales debe basarse una sociedad y el Estado. Estos valores son el respeto, la equidad, la igualdad y la libertad.
- Fortaleza: Se conoce como fortaleza a la fuerza, vigor, firmeza, resistencia. En la doctrina cristiana, fortaleza es la tercera virtud cardinal que trata de vencer el temor y eludir la temeridad. No todos los seres humanos.
- Templanza: El término templanza es una cualidad humana que consiste en actuar o hablar de forma cautelosa y justa, con sobriedad, con moderación o continencia para evitar daños, dificultades e inconvenientes. La fe, la esperanza y la caridad son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes "teologales": nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el ágape, que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración: "Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad. Las tres virtudes teologales, en la medida en que animan a los discípulos de Cristo, los impulsan a la unidad, según la indicación de las palabras paulinas que escuchamos al inicio: "Un solo cuerpo, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo Dios y Padre". Continuando nuestra reflexión de la catequesis anterior sobre la perspectiva ecuménica, hoy queremos profundizar en el papel que desempeñan las virtudes teologales en el camino que lleva a la plena comunión con Dios-Trinidad y con los hermanos.
- Fe: La fe es creer en Dios y confiar en su revelación. Esto supone, por lo tanto, la apertura espiritual necesaria para poder reconocer la manifestación de Dios en la vida cotidiana y en la comunidad de creyentes, esto es, en la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica define la fe como “la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado” (artículo 1814). Como acto de confianza en la verdad revelada, la fe anima a actuar concretamente de acuerdo a los principios espirituales inspirados por Dios y motiva a profesarla abiertamente, esto es, dar testimonio de ella y difundirla.
- Esperanza: La fe infunde la esperanza. La esperanza es la espera confiante en el cumplimiento de un determinado horizonte que, en el caso de la teología cristiana, se refiere al cumplimiento de las promesas de Jesús: El reino de los cielos y la vida eterna, en función de lo cual el cristiano se conduce espiritualmente. El Catecismo de la Iglesia Católica sostiene que la esperanza “corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre” (artículo 1818). La esperanza, animada por la fe, permite al ser humano comprometerse con los cambios necesarios para construir el reinado de Dios, así como encontrar sentido al trabajo, fuerzas para enfrentar las dificultades y paciencia para esperar.
- Caridad: La caridad (el amor) es el centro del corazón cristiano. En ella se expresa plenamente la fe y la esperanza y, por ende, ordena y articula todas las virtudes. La caridad (amor) se define como la virtud que permite a las personas amar a Dios por sobre todas las cosas y, en nombre de este vínculo, amar al prójimo como a sí mismo. Sus frutos son el gozo, la paz y la misericordia. Esto corresponde al mandamiento fundamental que Jesús comunica a sus apóstoles: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Juan 13, 34).
Comentarios
Publicar un comentario